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lunes, 24 de abril de 2023

                                                             LA PARAETA

Cuando yo era pequeña donde comprábamos las golosinas, conocidas como chuches, era la paraeta o también le llamaban barracón, porque en realidad era un barracón de madera.

El que había en la esquina de mi calle y muy cerca del cine Torrefiel lo regentaba la señora Dolores; una viejecita pequeña, robusta y algo encorvada. Yo pensaba que su figura era producto de vivir dentro de aquellas paredes cuadradas de madera.

Allí se podía encontrar toda clase de caramelos, chicles, pipas de girasol, cacahuetes, altramuces, puromoro: Así llamábamos a una coca cola primitiva que hacíamos mi hermana y yo dejando regaliz toda la noche en una botella con gaseosa. 

En la paraeta de nuestro amigo José, que era una planta baja al otro lado de la carretera, además de chuches también habían novelas y tebeos usados que se cambiaban, no se compraban. Estaban algo mugrientas y manoseadas, pero nos daba igual.

A mi madre le gustaban las novelas de Ágata Cristie y Corin Tellado a mi hermana y a mí de vaqueros de Marcial La fuente, con final feliz y a mis hermanos los tebeos. Con esas dos paraetas y el cine, los pobres del barrio pudimos viajar con nuestra imaginación por todo el planeta.

 

lunes, 26 de diciembre de 2022

 RECUERDOS DE INFANCIA


EL TRANVÍA AMARILLO

Al llegar a la esquina de la calle Sagunto con la carretera de Barcelona se encontraba la parada de los tranvías: El nº 6 iba hasta el final del barrio de Ruzafa, y el 16 hasta el mercado de abastos. Cuando yo era pequeña me encantaba ir en tranvía. Mi tío Julio era uno de los conductores. A veces me llevaba con él en su cabina que no tenía asiento, se conducía todo el trayecto de pie. 

Mi tío me daba los tacos o matrices de los billetes cuando ya se habían terminado. Para mí era un regalo de incalculable valor, los usaba: como dinero, para hacer pequeños dibujos, para escribir con letra diminuta, o para cambiarlos por cromos..., el tranvía, en fin, era nuestro modo de viajar desde los barrios periféricos, al centro de la ciudad.

Cuando me hice mayor solía ir a cobrar el sueldo de mi padre, que era viajante, los sábados por la mañana. La fábrica de lámparas y objetos de bronce estaba en la calle Jesús y allí se llegaba en el tranvía número 16. La secretaria de la fábrica me entregaba un sobre blanco y rugoso con las quinientas pesetas de la semana y yo volvía a mi casa en el mismo tranvía.

En invierno me guardaba el dinero en el bolsillo interior de mi abrigo de lana, pero en verano lo solía llevar en la mano, siempre pendiente del sobre, mi madre al salir de casa me decía: «¡Que no se te pierda, es el sustento de toda la familia!».

 Era sábado y hacía calor. Volvía de cobrar el sueldo de la semana. Bajé del vehículo, hice el recorrido hasta mi casa, comencé a subir la escalera de un quinto piso sin ascensor, y en el segundo rellano me di cuenta de que no llevaba el sobre; pensé en mi madre y en su advertencia. Y mi corazón empezó a latir con fuerza.

Volví sobre mis pasos haciendo el recorrido a la inversa: mirando y buscando por el suelo un sobre blanco. Me hice amiga de todas las hormigas, escarabajos y excrementos de caballos, perros, gatos, ratas..., hasta que llegué a la parada del 16 otra vez. El tranvía ya no estaba; tardaría una hora en volver.

Me quedé allí esperando en la acera, sin una sombra que me cobijara. En ese tiempo repasé mentalmente una y otra vez cómo estaban hechos los asientos: Eran listones de madera pegados unos a otros, dejando una ranura lo suficiente ancha para que se hubiera caído el sobre por ella:

 «¿Podría ser que estuviera debajo del asiento y nadie lo hubiera visto?, ¿lo habría puesto yo misma pegado a la ventanilla, y se había volado por ella? ». Y también pensaba: Si hubiera ido en ese tranvía mi tío Julio, me lo habría guardado. Pero él se había jubilado, y yo me había hecho mayor.

¡Por fin llegó! Dejé que bajara todo el mundo, subí, y busqué donde había estado sentada. Miré con disimulo debajo del asiento, y sí, en el suelo, que también era de listones de madera, dentro de una ranura, allí estaba el sobre blanco e inmaculado. Respiré hondo y mi corazón desbocado se tranquilizó.  

Cuando bajé del tranvía, me volví y de repente lo vi con otros ojos: Era un trasto amarillo oxidado y chirriante. Parecía una avispa a punto de clavarme su aguijón. Y en pocos meses lo cambiaron por un autobús.

 

martes, 20 de diciembre de 2022

¿QUÉ ES LA MEMORIA?


Recordar es un pasatiempo que empieza a ser una droga a partir de cierta edad...

Esa edad en la que los bancos ya no te dan créditos, los jóvenes piensan que chocheas y tus hijos ya no te necesitan como antes; esa edad en la que algunos piensan que tus recuerdos son las batallitas propias de la edad senil, incluso que te las inventas.

Puedes acordarte de tantas cosas... y siempre, invariablemente, te acuerdas de lo mismo: de una persona, de unas palabras, de un atuendo o de una casa.

La casa de tu abuela en el pueblo, tu primera casa propia, tu primer amor, tu amiga de la infancia, el conjunto de ropa que llevaste en tu primera entrevista de trabajo...

Los sentidos son guías infalibles que nos evocan ciertos sabores, ciertos olores... Como aquél petricor que quedaba en el aire tras la lluvia, mezclado con el olor del ganado y la leña quemada en el hogar. Ese recuerdo entrañable de la infancia en casa de la abuela o del abuelo, es común entre los viajeros de la memoria.

Hay recuerdos comunes y otros propios, indelebles, como el siguiente: «Salí de casa de madrugada con mi hijo de dos años ardiendo de fiebre, fuimos en taxi hasta el centro de salud: (por suerte era solo una otitis). A la salida del ambulatorio amanecía; paré otro taxi, al tomar asiento miré mis pies. Noté el calor en mi cara al ver en el pie derecho una zapatilla roja y en el izquierdo una azul». ¿Recuerdo el incidente por el bochorno que sentí al darme cuenta de mi despiste? ¿Ocurrió así realmente?

No solamente recuerdo el hecho, también puedo ver la manta de cuadritos azules y rosas que envolvía a mí bebé, vuelvo a sentir la humedad del amanecer en mi piel, y percibo de nuevo el aire viciado y el olor a sudor del interior del taxi...

A veces pienso que la memoria no existe; que los recuerdos no son otra cosa que registros de nuestros sentidos adornados de fantasía. Pero, qué sería de la vida sin memoria.


Y concluyo: aún engañosa, la memoria nos ayuda a entender la vida; y en la vejez a distraernos de ella.

jueves, 17 de noviembre de 2022

Por si alguien se pregunta de qué va esta novela.



 

miércoles, 16 de noviembre de 2022

¡Enhorabuena! Marta Salvador Vélez.

Ganadora del premio ROMA, romántica 2022.




jueves, 3 de noviembre de 2022

AFORISMOS

Puedes andar el camino ya andado, el final sabes de antemano, o buscar la aventura en otra senda nueva. 

Cuanto más serio se pone uno en el juego de vivir, peor se lo pasa. 

No existe ninguna cosa llamada fracaso, pero si crees que lo hay fracasarás. 

Hacemos cosas mientras vivimos para conocernos ¿y si no haces nada? ¿es que ya te conoces o que te importa un pito cómo eres? 

El mejor entretenimiento es tu inteligencia. 

Mamá, ¿no te gusta tu nuera? No, de nunca, no cabe por el ojo de la aguja. 

¿Por qué quiere huir alguien que viene de visita? Se habrá equivocado de casa.

lunes, 19 de septiembre de 2022

BASILIO

Basilio llegaba como cada mañana a las siete y abría el portalón de la fábrica. Le tocaba a él como siempre porque era el peón, y como todo peón de fábrica hacía todo lo que nadie quería hacer. Con lo bien que estaba él en la granja allá en su aldea a los pies de Sierra Espuña. Y vino su hermano y le convenció. "Que tendrás un sueldo fijo, que te darán vacaciones, que pagas extras. Tendrás un piso, coche, podrás ir al cine, al teatro." Él, el Basilio, que no había salido de su aldea y ni siquiera tenía novia, y ahí estaba en la ciudad, en una fábrica de fornitura de hierro y bronce: picaportes, asas, ollas, cerraduras. Barrer escoria y fregar suelos, tirar basuras y cómo no, limpiar el inodoro. Como le había dicho la señorita Elvira secretaria de dirección, "Basilio, sería usted tan amable de limpiar el inodoro de las chicas? Está muy sucio." Menos mal que señaló hacia la puerta del water y que Basilio no era del todo tonto, porque si no no sabría dónde tenía que ir a limpiar. Cogió un cubo y un mocho, balleta y limpiador con olor a pino y se fue a llenar el cubo a un grifo que había en el patio trasero de la fábrica al lado de la caseta del perro guardián; que era un mastín enorme de cara ancha y bondadosa. Menos mal porque a Basilio siempre le habían dado miedo los perros sueltos y más si eran tan grandes. Pero Leo, así ponía su nombre en lo alto de la caseta, estaba atado con una larga y fuerte cadena. - ¡Chucho, no me hagas nada! Que sólo quiero coger agua y nada más. - ¿A caso me has hecho algo malo para que te muerda? Basilio se volvió pensando encontrar a su hermano o algún gracioso por detrás. Pero no había nadie, solo él y Leo. - ¿Me estás hablando, Leo? - Sí, te hablo, aunque no lo digas a nadie porque te encerrarán como lo han hecho con el otro peón que había antes que tú. - No, yo no lo diré porque yo tengo mucha costumbre de hablar con animales. ¿Sabes? Allí en Villasuave tengo una vaca que se llama Lucrecia que me cuenta sus sueños. Todas las mañanas la saludo, le doy el desayuno y yo le cuento mis sueños y ella me cuenta los suyos. - ¿Y qué sueña la vaca? - pregunta Leo. - Nada, que si come margaritas, que si le han quitado a su ternera, que si va a llover...¡Cosas tontas! - Y tú, ¿qué sueñas Basilio? - Yo que tengo una bonita casa, que tengo un montón de animales y unas viñas que hacen muy buen vino, y una cosecha de pistachos que ya está vendida antes de que salga. ¿Y tú qué sueñas, Leo? - Yo, que me voy con un buen amo, que me quiere como su mascota y guardián de su hogar y me quita esta larga y pesada cadena. Basilio volvió y limpió el wáter y dejó los trastos en su sitio, le pareció que el cubo y el mocho le dieron las gracias y la balleta se sintió algo despreciada, él lo supo porque estaba hecha un buruño. La cogió, la dobló y la vio sonreír. El jornal no daba para tener una casa. Vivía en un piso compartido. Trabajaba diez horas al día, y no tenía tiempo para ir al cine ni tomarse una cerveza una tarde a la fresca. La fábrica era un sitio negro, humedo, frío y caliente a la vez. Y esto se lo contó a Leo que era su amigo y el único que hablaba con él. - Y si nos escapamos de aquí. - Le preguntó el mastín en un momento de descanso que siempre hacía junto a la caseta del perro. - Yo estoy pensando lo mismo. - dijo Basilio. - Sí, pero antes ve a cobrar el despido. No pierdas lo que es tuyo. - Con esto no tenemos para nada, Leo. - Tú ven y corta la cadena con unas tenazas y vamos a tu aldea. Allí haremos fortuna. Ya te iré yo diciendo cómo ganar dinero. Quiero una buena casa y una chimenea, y una alfombra mullidita y una correa como dios manda. - Leo, ¿me dejas que te cambie el nombre? - Sí, ¿qué me vas a poner? - Te voy a llamar Fortuna, ¿te gusta? - Sí, me gusta, pero si me dejas cambiar el tuyo. - Sí, claro. ¿Y qué me vas a llamar? - Feliz. Ya que eres un infeliz y te vas con Fortuna, te volverás un hombre feliz. Y así es como llegaron a la aldea Villasuave, donde un montón de amigos les esperaban en la entrada del pueblo. - ¿Cómo sabían que veníamos, Fortuna? - Ah, porque mandé un telegrama telepático a la vaca Lucrecia.