RECUERDOS DE INFANCIA
EL
TRANVÍA AMARILLO
Al
llegar a la esquina de la calle Sagunto con la carretera de
Barcelona se encontraba la parada de los tranvías: El nº 6 iba hasta el
final del barrio de Ruzafa, y el 16 hasta el mercado de abastos.
Cuando yo era pequeña me encantaba ir en tranvía. Mi tío Julio era
uno de los conductores. A veces me llevaba con él en su cabina que
no tenía asiento, se conducía todo el trayecto de pie.
Mi
tío me daba los tacos o matrices de los
billetes cuando ya se habían terminado. Para mí era un regalo de
incalculable valor, los usaba: como dinero, para hacer pequeños
dibujos, para escribir con letra diminuta, o para cambiarlos por
cromos..., el tranvía, en fin, era nuestro modo de viajar desde los
barrios periféricos, al centro de la ciudad.
Cuando
me hice mayor solía ir a cobrar el sueldo de mi padre, que era
viajante, los sábados por la mañana. La fábrica de lámparas y
objetos de bronce estaba en la calle Jesús y allí se llegaba en el
tranvía número 16. La secretaria de la fábrica me entregaba un
sobre blanco y rugoso con las quinientas pesetas de la semana y yo
volvía a mi casa en el mismo tranvía.
En
invierno me guardaba el dinero en el bolsillo interior de mi abrigo
de lana, pero en verano lo solía llevar en la mano, siempre
pendiente del sobre, mi madre al salir de casa me decía: «¡Que no
se te pierda, es el sustento de toda la familia!».
Era
sábado y hacía calor. Volvía de cobrar el sueldo de la semana.
Bajé del vehículo, hice el recorrido hasta mi casa, comencé a
subir la escalera de un quinto piso sin ascensor, y en el segundo
rellano me di cuenta de que no llevaba el sobre; pensé en mi madre y
en su advertencia. Y mi corazón empezó a latir con fuerza.
Volví
sobre mis pasos haciendo el recorrido a la inversa: mirando y
buscando por el suelo un sobre blanco. Me hice amiga de todas las
hormigas, escarabajos y excrementos de caballos, perros, gatos,
ratas..., hasta que llegué a la parada del 16 otra vez. El tranvía
ya no estaba; tardaría una hora en volver.
Me
quedé allí esperando en la acera, sin una sombra que me cobijara.
En ese tiempo repasé mentalmente una y otra vez cómo estaban hechos
los asientos: Eran listones de madera pegados unos a otros, dejando
una ranura lo suficiente ancha para que se hubiera caído el sobre
por ella:
«¿Podría
ser que estuviera debajo del asiento y nadie lo hubiera visto?, ¿lo
habría puesto yo misma pegado a la ventanilla, y se había volado
por ella? ». Y también pensaba: Si hubiera ido en ese tranvía mi
tío Julio, me lo habría guardado. Pero él se había jubilado, y yo
me había hecho mayor.
¡Por
fin llegó! Dejé
que bajara todo el mundo,
subí,
y busqué donde había estado sentada. Miré con disimulo debajo del
asiento, y sí, en el suelo, que también era de listones de madera,
dentro de una ranura, allí estaba el sobre blanco e inmaculado.
Respiré
hondo y mi corazón desbocado se tranquilizó.
Cuando
bajé del tranvía, me volví y
de
repente lo vi con otros ojos: Era un
trasto
amarillo oxidado y chirriante. Parecía una avispa a punto de
clavarme su aguijón. Y
en
pocos meses lo cambiaron por un autobús.