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viernes, 23 de junio de 2017

Presentación en Valencia

¡Hoy es el día! Se presenta el libro "Una casa prestada" En Valencia, en la biblioteca: La Petxina. En El Paseo de La Petxina nº 42. A las 20h. Por si alguien entra en este Blog por casualidad que se sienta invita@ a este evento.
Es un libro de 40 relatos, intemporales, mágicos y entretenidos ¿qué más se puede pedir?
¡Feliz día!

lunes, 5 de junio de 2017

POR FIN VUELVO A ESCRIBIR EN MI BLOG


Tengo un libro nuevo que acabo de publicar. Y es una gran ocasión para poner en este espacio las novedades literarias. El libro se titula "Una casa prestada" La portada como en el anterior que publiqué con mi amiga María Teresa Bosque es de David Salvador, maquetación Diego Obiol, Edición Marta Salvador. Editado porFábrica de culturahttp://www.fabricadecultura.com/

domingo, 14 de diciembre de 2014

MICRO CUENTOS

                                                                          GRIS
Estaba la mañana gris, como su vida misma, como aquél chaquetón que siempre le regalaban sus hijos por navidad.
                                                                        VACIA

No consiguió  levantarse, no había crédito, no había materiales, no había ilusión. Y allí quedó, vacía y sin ventanas.

                                                              COSAS PENDIENTES

Tenía pendiente escribir su novela, arreglar el pantalón, pensar en la cena de navidad, comprar los regalos. Dejaría pendiente montar el árbol, pero sus nietas no la dejarían.



miércoles, 4 de abril de 2012

NOTAS SOBRE POSGUERRA E INFANCIA

Estoy leyendo más que nunca acerca de la guerra y la posguerra española: El corazón Helado ( Almudena Grandes), Los girasoles ciegos( Alberto Mendez), o La segunda guerra y las atrocidades nazis: La conjura Contra América. La sociedad del pastel de piel de patata. Estoy también cuando tengo tiempo y ánimos para ello, escribiendo las memorias de mi madre; una superviviente de ambas contiendas y de una época de penurias y sinsabores. Percibo en los escritos que nombro, olores y sabores, veo algunos paisajes como propios. En los olores he revivido los olores de España de posguerra, donde más escasearon los alimentos, y algunas cosas tan necesarias como el jabón o la gasolina, como el agua, la luz eléctrica, los vestidos o los zapatos. Aún yo lo viví, tener una muda de diario y otra de los domingos y festivos; unos zapatos para el invierno y unas sandalias para el verano, hasta que te crecía el pie y pasaban tus zapatos a algún hermano o hermana pequeña o primo o pariente del pueblo; y si tú eras la pequeña pasaban de tus hermanos a ti; en mí caso de mi hermana mayor. Yo era pequeña en ese tiempo, y para mí pronto llegó una época mejor, con más cosas que comer y que comprar; pero es curioso aquella olor a col cocida y a agua de remojar los garbanzos tardó mucho en irse de la casa de los pobres.

lunes, 16 de mayo de 2011

Cuento de navidad

Era navidad, teníamos vacaciones en el colegio y Valencia tenía muchas luces colgadas de los árboles; pero no en los árboles de mi barrio, las luces solo estaban en los árboles de la Plaza del Caudillo. En mi barrio rodeado aún de fértiles huertas y alguna vaquería con olor a estiercol, no habían luces en los árboles solo se engalanaban algunas tiendas, como la paquetería de las dos hermanas solteronas; y no por eso menos guapas y elegantes, que regentaban una paquetería droguería conocida por el nombre de la mayor, Marujín. O también la papelería librería donde comprábamos los libros de texto y todas las cartulinas, lápices, gomas y en estas fechas hasta papel de plata y oro, para confeccionar las estrellas de navidad. En esta tienda se colocaba en su escaparate el más variopinto y colorido belén de figuritas de barro. Además de contemplarlo desde la calle aquél belén te decía que si querías podías ponerte uno igual en tu casa, porque allí se vendía todo lo necesario.

En mi casa no poníamos belén, ni tampoco árbol; hacíamos estrellas de cartulina forradas de papel de oro o plata y las colgábamos de la lámpara del comedor, que para algo era una araña de bronce y se dejaba colgar de todo.
El belén sí que lo montaban en casa de mis amigas de la puerta cinco y a veces nos dejaban ayudar en su montaje, pero por si se rompían las figuras, a los niños no nos dejaban cogerlas, osea que los belenes de esa época era para los niños y niñas pero solo de mirones.
Lo del árbol de navidad, eso vendría más tarde, porque en los años cincuenta aún prevalecía el nacimiento como el verdadero motivo navideño. Cuando pasaba la navidad, vendrían los reyes magos; Papá Noel no había sido invitado aún en las fiestas navideñas de mi barrio. En la noche de reyes en cada casa había una costumbre, en unas se dejaban los zapatos de los niños y niñas en el balcón, en otras se dejaba agua y comida para los camellos de los tres reyes; y en otras casas después de hacer todo eso los tres reyes y sus pajes salían de casa y volvían cargados de regalos. Yo solo tenía siete años y mi gran deseo para los reyes era que me trajesen un bebé, un muñeco que estaba expuesto en el escaparate de la tienda de Marujín. Era un bebé de más de cincuenta centímetros y con el color y la robustez de un niñito muy bien alimentado. Desde la calle se podía casi oler sus mofletes sonrosados y su trajecito azul, porque estaba rodeado de colonias, jabones y perfumes. El niño yacía boca arriba sobre un mullidito colchón, con los ojos azules muy abiertos; parecía que cobraría vida en el momento que una joven y tierna madre, niña, lo arrullara entre sus brazos. Pero este niño no se vendía, eso me dijo mi madre cuando le dije que yo quería ese bebe para reyes.
-No se vende, está allí porque lo van a rifar, es una rifa de navidad y el dinero que se saque es para la falla- puede que fuera para los negritos de África, no lo recuerdo bien.
-Púes compra números- le dije a mí madre, y ella obedeció y compró una tira de diez
números y me la dio para que yo los guardara; como me pareció que eran pocos números cogí dinero de mi paga semanal y compré cinco números más para tener más oportunidades de que me tocara el premio.
Todos los días iba a ver a mi precioso bebé; por las noches soñaba que lo tenía entre mis brazos y lo abrazaba, le cambiaba el pañal, lo bañaba, le hacía mimos, era tan feliz con este sueño que estaba segura de que se iba ha hacer realidad.
Mis hermanos me decían
-No te hagas ilusiones, nunca toca, no te tocará a ti. Sí, harán trampa, le tocará a la de la tienda y luego lo venderá ¡Ya lo verás!
Pero yo creía que no, que solo me podía tocar a mí, que era ya mío, porque yo lo quería con más intensidad, con más vehemencia o con más pureza o qué se yo.
Unos días después del seis de enero salió el premio, le tocó a otra niña de mi barrio y como yo estaba tan segura que me iba a tocar a mí, tampoco se lo había pedido en mi carta a los reyes magos, así que me quedé sin bebé, sin niño que arropar, apretujar y querer. A cambio los reyes magos me dejaron una muñeca estilizada, rubia y desgarbada que mi hermano pequeño me cambió por un rifle. Cuando se aburrió de ella me la devolvió sin brazos, sin piernas, sin ojos y por supuesto quería su rifle y su arco con flechas.

lunes, 17 de enero de 2011

buscando un argumento

Estoy en esa parte de mi carrera literaria en la que me digo; no sé por qué no escribo una novela, hay miles de personajes esperando, y los puedo sacar cuando quiera porque por muy extraño que parezca, todas y todos son yo, todos están dentro de mí o en lo que observo a mi alrededor, en vosotros.
Cada temporada de nuestra vida acude uno; el violento, el cariñoso, el miedoso, el loco, el aguantador y por género femenino; la aguantadora, la loca, la nerviosa, la tranquila, la lista, la tonta, la madre, la hija, la hermana, la suegra, en fin, un sin fin de personajes.
La trama; miles de tramas; Una vida insulsa llena de obligaciones y de vejaciones,
o una mujer que cree que ya ha salido de todas sus desgracias y viene su hijo separado y con dos críos pequeños y le dice “Mamá échame una mano yo solo no puedo” O la familia feliz de clase media alta, con un hijo loco o drogata, y de su familia a los que ha dejado hechos mierda. Ese parado que va a perder la casa por unos usureros, peseteros ruines y crueles. Esos seres desalmados que perdieron la fe hace muchos años. O una mujer que tiene miedo a todo y a todos, que no se permite ser feliz, o que vive bajo la presión de su marido, de su madre, de su hermano o de todos y cada uno de los seres que le rodean, un día se libera de todo porque ha encontrado el verdadero amor y como cree que no se lo merece, se quita la vida.

domingo, 12 de septiembre de 2010

El Reloj

El verano se estaba marchando entrábamos en el mes de Septiembre a finales de mes serían las fiestas mayores en el pueblo, pero aún no eran fiestas y el jolgorio veraniego había dado paso a un periodo más tranquilo. Yo iba en el autobús de siempre hacia el pueblo. Mi abuela se había accidentado, se había dado un hachazo en el pie cortando leña; decía en la carta que me había escrito días antes, no podía andar ni siquiera con un garrote. El médico le había recomendado que mantuviese el pie en alto y que no cargara peso. Allí todo se hacía con esfuerzo, hasta el agua había que acarrearla desde el pozo que había en la plaza, a cántaros o cubos. En las casas todavía no había agua corriente ni váter, la luz era de muy poca potencia apenas para tener una o dos bombillas en toda la casa. Este verano era uno de los pocos que no había venido al pueblo a veranear porque había empezado a trabajar de aprendiza en una sastrería. Empecé con buen pie y el sastre tenía ciertas esperanzas puestas en mí ya que era rápida en aprender y con el tiempo sería una buena oficiala y podría confiarme las piezas más distinguidas de sus no menos distinguidas clientas.
-Tu abuela debe ser una persona muy importante para ti cuando te dejas este buen empleo por irte a cuidarla- me dijo el señor sastre.
-Sí – contesté- mi abuela es una de las personas que más me importa en este mundo y no la puedo abandonar ella tampoco nos abandonaría a nosotros si nos ocurriera una desgracia.
Miré por la ventanilla del autobús hacia el paisaje tan conocido para mí. En los campos no se veían animales acarreando las cosechas o arando, los tractores campaban aquí y allá, las mujeres del autobús no llevaban cestas de mimbre, ni hábitos de la virgen del Carmen, ni mandiles de batista a cuadritos, el negro había desaparecido del vestuario de las cuarentonas, las chicas jóvenes lucían sus piernas con la minifalda y en la radio del conductor no se escuchaba a Juanito Valderrama ni a Conchita Piquer.
El autobús paró en la plaza como siempre y ninguno de los tres hermanos vino a buscarme. El tío Antonio tras el verano se había ido a vivir con sus hijos a Villarreal, la tía Anita estaba en la puerta de su casa con su figura esbelta sus brazos abiertos y unos cuantos dientes menos, y mi abuela la menor de los tres, estaría en casa esperándome con impaciencia y con su pie herido que le impedía salir corriendo a buscarme hasta la plaza. Mí maleta marrón había dado paso a un bolso de color verde oliva más manejable que le cabía de todo, como una plancha eléctrica, una cafetera o un radiocaset.
Hacía poco que la abuela cocinaba en un hornillo de gas para no estar doblada sobre el fuego de la chimenea pero ahora que estaba lesionada le venía mejor "hacer un fueguecico y asarse unas patatas o hacerse un cafetico como antes, arrimando el pucherete a las brasas, o freírse un huevo en la sartén de patas”. Eso me dijo después de entrar en la diminuta cocina y encontrarla sentada en su silla baja de anea junto al celemín, que le servía de mesita de centro; a sus espaldas, un simple sofá de hierro había echado de su lugar a la antigua tarima de sabina, preciosa pieza de madera tallada y con más de cien años encima que ninguna carcoma ni bicho viviente había sido capaz de roerla.
Después de abrazarnos y besarnos y dar toda clase de explicaciones de todo lo acaecido en el viaje y en los días anteriores en mi familia, al sentarme en el chirriante sofá no tuve más remedio que mirar a la pared de enfrente. Un enorme aparador ocupaba toda la pared. Era un mueble clásico de madera noble; la parte baja con puertas acristaladas dejaba ver los pañitos blancos con puntilla almidonada y los platos y vasos colocados primorosamente en su interior. Hasta entonces este menaje estaba en la alacena, hueco practicado en la pared de un metro de ancho y setenta centímetros de profundidad por dos metros de altura; osea hasta el techo. El hueco suficiente para guardar en él el cántaro, un cubo de agua clara y cristalina y el botijo, aunque este iba más de aquí para allá. Sobre las baldas de madera se habían colocado todos los otros cacharros de cocina. El hueco estaba tapado con una cortinilla de flores que hacía juego con las faldas de la mesa camilla.
-El vasar- dijo mi abuela- ahora es la despensa, allí tengo las latas y los botes de conservas, las patatas las verduras y la carne, eso no, eso sigue guardado en la despensa. Señalaba mi abuela el hueco de la escalera, tapado y accesible por una pequeña ventana de dos hojas, el mejor escondite para los niños de la casa; dentro y sobre el suelo todo se conservaba fresco y nada se echaba a perder. No dejé de escudriñar el aparador, lustroso, negro y enorme. Se suponía que en la parte alta tenía un espejo ovalado con gran cantidad de cagadas de mosca y descascarillamiento de la luna; pero eso me lo imaginé yo, ya que no podía verlo, porque encima del aparador, orgulloso y panzudo, reinaba un gran televisor.
-¿Abuela, ese televisor funciona?
-No lo sé hermosa, no tengo luz bastante para ponerlo en marcha y tampoco tengo antena en el tejao.
-Entonces ¿qué hace aquí este trasto tan grande?
-Me lo daban todo junto y como el aparador si que me apañaba me lo traje; la televisión ya llegará el día que pueda verse ¡digo yo!
Por la noche mi abuela me dió a elegir entre dormir en el sofá, que se hacía una cómoda cama o subir a la cámara, que tenía un boquete en el techo por el que se podían ver las estrellas y los luceros; "tenía un cubo de aluminio puesto debajo por si las lluvias otoñales venían sin avisar, y por si era esta misma noche y tenía que poner pies en polvorosa, lo mejor era que me acostara en la cocina".
-¿Pero van a arreglar el agujero del techo abuela? Yo prefiero dormir arriba.
-Sí, mañana mismo vienen los albañiles ya están avisados, a lo mejor en dos o tres días ya se puede dormir arriba.
Encendí la exigua bombilla, aparté la mesa a un rincón, hice la cama y me metí entre las sábanas que olían como siempre, a jabón casero y a espliego. Un rayo plateado se dejaba caer por el hueco de la chimenea e iluminaba los azulejos del humero. Dirigí mi vista hacia la pared de enfrente eché de menos las sillas de asiento trenzado, en su lugar estaba ese enorme aparador y su ocupante, el no menos enorme televisor. En el silencio de la noche un sonido conocido se hizo presente, el tic, tac, tic tac del reloj llegaba a mis oídos limpio y sonoro. Dirigí mi mirada hacía el lugar de donde provenía el sonido y los números verdes fosforescentes aparecieron nítidamente en la oscuridad.
Allí estaba, el reloj despertador, orondo y plateado ¿Cuánto tiempo te quedará de estar en esta casa? Pensé. Y él pareció contestarme con su tic, tac, tic tac. Siempre, mientras haya alguien que me de cuerda.
Me costó mucho conciliar el sueño porque aquellos objetos ocupaban mucho espacio y quizá también mucho tiempo y sentía que tanto uno como otro me lo quitaban a mí.