jueves 23 de abril de 2009

La importancia de las palabras

Encontró aquella fotografía en el cajón de la mesilla de noche, un cajón de sastre donde si se perdía algo de lo que había dentro nunca lo echaría de menos, pero aquella fotografía llevaba allí más de treinta años, puede que hubiese cambiado de cajón o de mesilla, pero siempre estaba fuera de su lugar, fuera del álbum de las fotografías familiares. En ella se podía contemplar a una pareja joven, ella tenía unos dieciséis años y él unos veinte, ella echaba su grácil brazo derecho sobre los hombros de él, él, estaba apoyado en la barandilla de hierro con filigranas de la escalera, de no estar en esa posición ella no abría alcanzado sus hombros, él le cogía la mano izquierda entre su fuerte mano derecha y con la izquierda abrazaba su talle. El tenía una buena figura atlética y unos ojos grandes y bondadosos, se sonreía y se veía un rostro lleno de felicidad. Ella llevaba una melena corta con un pelo enhiesto, que conjugaba bien con sus ojos achinados, llevaba camisa blanca y un pichi negro, pero lo mas bonito de su figura menuda y vivaracha, era su sonrisa, que desde los ojos iluminaba toda la cara.
Ella recordó cuando se hizo esa fotografía, estaba recién estrenada la primavera, y también su primer novio y su primer beso. Mientras se besaron se paró el tiempo y el espacio perdió su poder de atracción habitual por lo que se sintió suspendida en el aire. El cielo se lleno de estrellas, aunque era de día y el perfume de los jazmines y el azahar llegó con fuerza hasta su cerebro. Era tanto el ensimismamiento de los dos, que no existía nada ni nadie a su alrededor, nada que no fuera su espacio y su amor, nadie que no fuera ellos dos, por eso no se dieron cuenta que habían pasado algunas personas cerca de ellos.
Ella dormía o intentaba dormir en su cama de color azul, como el mar, como el cielo, como la libertad, no podía olvidar el beso, ni el abrazo tan tierno de aquella mañana. En el silencio de la noche, al otro lado del tabique de su habitación, las voces de sus padres sonaba con fuerza, ella se arrodilló en la cama y acercó el oído a la pared, solo quería saber si hablaban o discutían, para poder dormir más tranquila, entonces lo oyó:
“Soy un hombre desgraciado, he tenido muy mala suerte con mis hijas, esta mañana he pillado a la pequeña besándose con su novio en la escalera como una vulgar furcia, tengo dos furcias por hijas”
Ella no quiso oír más, se tapo los oídos e intentó dormir, pero no podía, no podía dejar de oír las palabras de su padre resonando en sus oídos. Solo la tranquilizaba ver el color azul de su cama y de las paredes de su habitación. El color azul es el color del mar del cielo, y de la libertad, menos mal que existía y algún día iría en su busca, ahora no podía aún era pequeña.

sábado 31 de enero de 2009

JUECES

No había podido centrarse en el juicio. No le importaba un pito qué había hecho el reo, era culpable y estaba condenado desde el mismo día en que lo capturaron. No podía ni escuchar al abogado defensor, sólo quería acabar aquél maldito juicio. Tenía el tiempo contado.
Saldría pitando para casa, le diría a su mujer que tenía un caso que solucionar en Barcelona, que estaría un par de días fuera.
Cogerían el puente aéreo, ella, su pasión, su adorada y bella Beatriz. Ya le estaría esperando en el aeropuerto.
Llegó a casa un chalet situado en las Rozas. Caserón estilo inglés, bien diseñado y amueblado, confortable. Le había costado un pastón, pero que bonita casa y que hogareña. Allí habían nacido sus hijos ¡Pero qué más da! No podía pensar todo eso ahora.
Entró en casa como siempre, no oyó ruido. El perro no vino a olisquear sus zapatos como de costumbre. La casa olía muy bien, en el horno se estaba cocinando algo realmente apetitoso. ¡Pero y Sara! ¿Dónde estaba?
Subió a su dormitorio para cambiarse de ropa y coger el maletín de fin de semana, ya lo tenía preparado.
Al abrir la puerta del dormitorio encontró a Sara sobre la cama, iba vestida de Marilín. Se había colocado una peluca rubia y un vestido corto de satén blanco atado en la nuca, la espalda al aire, labios rojo fuego. Que guapa le pareció. ¡Que a gusto le echaría un polvo en ese mismo momento! Pensó. Pero no, no puedo Beatriz me espera.
Estaban en el hotel. Beatriz salió del cuarto de baño, con unas braguitas rojas y un escueto sujetador del mismo color ¡Estaba preciosa! Se tiró sobre ella como un animal,
¡Ardía como un ascua! Se lanzó sobre ella y de repente no la vio. Ya no veía la cara de Beatriz. Marilín apareció y no pudo dejar de hacerle el amor toda la noche.

lunes 12 de enero de 2009

LAS MASCARAS

Era día de carnaval. Las campanas de la iglesia tocaban tristes y pesadas. Acababa de morir el boticario. El hombre más popular del pueblo. En su tienda se compraban además de medicinas; sombreros, zapatillas, colonias, telas, tabaco, dulces y golosinas. Los niños le llamaban tío Pepe. El cadáver estaba expuesto en la tienda, entre olores anisados, de tabaco y naftalina. Los mayores entraban y salían a dar el pésame a la familia, pero a los niños no les dejaban entrar. Ellos trepaban por la reja de una gran ventana, para conseguir verlo. Llevaba un traje negro y bien planchado. Dentro de aquella caja parecía un gigante. Estaba rodeado de velas, la cera se olía desde la calle. Los niños se turnaban para verlo. Subían alegres y contentos y bajaban pálidos. Corrían despavoridos calle arriba o calle abajo a refugiarse en sus casas.
Todo el pueblo está esa noche en el casino. Las máscaras les protegen, nadie conoce a nadie. La cabra, el gallo y el toro se alejan de la fiesta. Se ven junto a la verja del cementerio. Dentro de su disfraz se encuentran a salvo. El gallo coge la mano de la cabra. Mano de dedos largos huesudos fríos. El gallo siente miedo. La mano de la cabra se entibia entre las del gallo y él deja de tener miedo. La cabra a su vez coge la mano del toro. Es una mano carnosa, segura, fuerte y cariñosa. La cabra se siente segura entre el gallo y el toro. Pisan una rama que cruje entre sus pies, y la cabra se suelta y se esconde detrás de un mausoleo del ángel custodio. El gallo, más sereno esperó salir la luna tras la nube y localizó a la cabra. El toro olisqueó el perfume de la cabra y se encontraron otra vez los tres juntos. Caminaban sin ver. Encontraron la tumba del boticario, la fosa abierta y la caja dentro esperando otras cajas antes de cerrar el agujero. El toro abrió la bolsa que llevaba, sacó una vestimenta de dentro y la arrojó a la fosa.
Él siempre se disfrazaba de niño y este año le habían echado de menos.

lunes 24 de noviembre de 2008

Oreja Con Rubí

Una casa vieja y ruinosa, un pozo seco y un perro triste. Eso veía yo siempre que pasaba por la calle del gato.
En este pueblo todas las calles tienen un nombre original. Como la calle cantarranas, la del charco, la del ahorcado, el pozo de la novia.
Cuando preguntaba a mi abuela que por qué se llamaban así las calles ella me contestaba. Se han ganado el nombre.
Yo no entendía muy bien; salvo que en la calle del ahorcado se hubiese ahorcado alguien. O en la del pozo de la novia, se hubiese hecho una foto el día de su boda. Porque la del charco ya lo vi yo con mis propios ojos que cuando llovía se llenaba de charcos, y en la que más charcos había se oía cantar a las ranas. De las otras no sabía qué habría pasado. En la calle del gato nunca vi uno sino muchos y de variado pelaje. Algunas calles no tenían nombre. La calle de mi abuela se llamaba rincón porque hacía un rincón, y la que salía del pueblo y que era muy larga, sólo se llamaba camino. Un día el pregonero dio un cornetazo en la esquina de la vieja casa de la calle del gato, y a continuación cantó con voz atiplada: Se hace saber que anoche sobre las cuatro de la madrugada se ha encontrado en el camino una oreja con un rubí, al que se le haya podido caer, que vaya al ayuntamiento y la recoja.
Y mi abuela tremendamente sorprendida dijo- No se me ocurre a quién se le puede haber caído un pendiente tan valioso con oreja y todo.
Mi abuela se quitó el delantal de cuadros que llevaba, se lo cambió por otro negro y con farandola y salió de casa diciendo- Me voy a averiguar.
Volvió pronto, había llegado a la plaza del pueblo y encontró un grupo de gente que también habían salido ha averiguar.
Anoche unos mozos del pueblo se trajeron un torico que pastaba por la vereda camino de la feria de Sevilla. Lo torearon y lo mataron y hasta le cortaron las orejas, y uno con muy mala leche le puso un pendiente a una de las orejas, el otro muchacho dijo que el pendiente era suyo y que se lo había regalado a su novia esa misma mañana. Con la misma espada que mató al toro le atravesó las entrañas al pretendiente. Salieron todos corriendo y en la carrera quedó la oreja y su pendiente en el camino.
- Entonces ¿Cómo le van a poner de nombre a la calle? Pregunté a mi abuela. _ No lo saben, está reunido el ayuntamiento en pleno. Se piensa en poner calle de la oreja con rubí, o calle de la sangre, o del torico. Ya que el pobre nunca se imaginó de qué manera iba a terminar su corta vida.

lunes 28 de abril de 2008

UNA AMIGA

UNA AMIGA

De ella lo supe todo solo con ver su desaliño, la falda descosida por el bajo, carreras en las medias, el rimel corrido acentuaba más sus ojeras. Colgada como estaba del asidero del autobús, se balanceaba, como un cuerpo sin vida pendiendo de un árbol ¿Me quería? Creo que si, por lo menos mientras fuimos pequeñas. Fue criada entre algodones, tenía todo el futuro asegurado, estudiaría una carrera, se casaría con un hombre con posibles, como ella. ¿Y yo la quería? Yo la envidiaba. No había diferencia entre sus libretas y las mías, buenas notas en matemáticas, buena caligrafía. Las letras que inventábamos para los títulos de los dictados y las redacciones eran puro diseño, como se diría ahora. Mis redacciones tenían mejores notas que las suyas yo dominaba más vocabulario, tal vez por vivir y jugar en la calle. Ella no salía a jugar, su madre se lo tenía prohibido por si se accidentaba o se contagiaba de alguna enfermedad de los niños pobres. Yo siempre iba a su casa. Por eso creía que me había enamorado de su hermano. Era muy tímido y muy inteligente, hacía los deberes con nosotras. Un día me preguntó ¿Vas a seguir estudiando? No, le contesté, en mi casa hace falta el dinero. Sabía que me había sentenciado yo misma a perder su amistad. Mi familia era de clase baja y padres trabajadores, mal partido para lo que sus padres habían preparado para él. Y para mí un amor imposible. Me conformé con el tiempo, porque me decía que el enamoramiento de la primera vez no es amor, es ilusión, y ya se sabe que una ilusión es una mala pasada que nos juegan los sentidos, era un espejismo.
Eran las siete de la mañana ¿Qué hacía en ese autobús, iría a trabajar? Yo si iba a trabajar, tenía guardia ese domingo en el hospital. El domingo era un día feliz para nosotras, algún que otro domingo nos dejaban ir juntas al cine del barrio, estaba muy cerca de nuestra casa, pero con una condición le decía su madre, no comas pipas ni chicles, porque te puedes atragantar. Ella la obedecía, pero yo la tentaba como un demonio, y un día comió y se atragantó y lo pasé fatal sintiéndome culpable toda la tarde. Nos unían algunas coincidencias, las dos nacimos en domingo, sin comadrona, cuando quiso venir ya habíamos nacido, ella en el tercer piso y yo en el quinto.
Llegué al hospital puntualmente sobre las ocho, me cambié de ropa y me dirigí al despacho de oncología que era mi servicio. Decidí bajar a urgencias para echar una mano. En la sala de espera la volví a ver. Sobre la mesa habían varias historias clínicas, las ojee y cogí la suya, no había duda era ella. Ahora podía hacer dos cosas, atenderla yo o pasársela a un colega. Me trague las lagrimas y la llamé

domingo 6 de mayo de 2007

Pan con chocolate

Le gustaban las pelícuulas de vaqueros. En nuestro cine hacian muchas películas de estas. A mi me gustaban más las de amor y las que salian mujeres guapas con vestidos de fiesta.
Comprabamos un buen surtido de pipas, chicles y otras chucherias. Todo por menos de una peseta. Mi madre nos daba un duro a cada uno, y nos tenía que llegar para la entrada, la botella de agua o la gaseosa y para las chucherias del barracon de la señora Dolores.
Él tenía un fuerte, caballos, indios y vaqueros, en casa reproduciamos escenas de las películas. Los caballos blancos eran los que llevaban los chicos buenos, los negros los llevaban los vaqueros malos y los indios. Si había un caballo marron o marrón y blanco, ese podía ser de la chica.
Las tardes eran tranquilas jugando a indios y vaqueros, y comiendo pan con chocolate. A veces no teníamos bastante con el chocolate y haciamos caramelos de cafe con leche.
Cuando quería que yo me muriese tenía que hacerlo de manera realista y estruendosa. Me tiraba al suelo doblando las rodillas, luego estiraba una pierna y con las manos me tapaba el agujero que me había hecho la bala. Ya estaba cansada de aquel juego, siempre era yo la que moria y él no moría nunca. Me quería dar en el blanco, que era entre ceja y ceja. Mi madre nos tenía prohibido jugar con flechas, porque podía darnos en un ojo y eso era peligroso.
No sé cómo fuy tan rápida, estaba apuntandome con su revólver del 45 a punto de darme un tiro. Cogí el arco y la flecha, que tenía una ventosa en la punta y fuy a darle en medio de la frente.
Soltó un alarido de verdadera muerte fulminante, lo que me valió una regañina y un castigo.
No volvería a jugar nunca más con mi hermano pequeño. Ya era mayor para tirarme al suelo como una tonta.

martes 24 de abril de 2007

comunicar

Escribir en la red es como el ruído que se produce en un atasco de coches un domingo a los puertas de cualquier ciudad.Dicho de otra manera, mucho ruído y pocas nueces. Escribir, se hace para comunicar algo. Cuando no se dice nada, solo se oye lo que le acompaña, es, el ruído. La verdad es que decir algo que tenga sentido, que comunique algo, es bastante dificíl. Porque hay mucha gente que piensa que todo el mundo debe pensar como él/ella. Entonces, hace comentarios y expone ideas, la mayoría de las veces son citas de otros, pensamientos de otros.
Lo mejor de comunicar es que te sorprenda a tí mismo/a ¿Es complicado no? Y esta es mi conclusión: si no te sorprende lo que oyes, si no te importa lo que lees, y si no se te revuelven las entrañas. Es que no hay comunicación, solo hay ruído.