Páginas vistas en total

lunes, 16 de mayo de 2011

Cuento de navidad

Era navidad, teníamos vacaciones en el colegio y Valencia tenía muchas luces colgadas de los árboles; pero no en los árboles de mi barrio, las luces solo estaban en los árboles de la Plaza del Caudillo. En mi barrio rodeado aún de fértiles huertas y alguna vaquería con olor a estiercol, no habían luces en los árboles solo se engalanaban algunas tiendas, como la paquetería de las dos hermanas solteronas; y no por eso menos guapas y elegantes, que regentaban una paquetería droguería conocida por el nombre de la mayor, Marujín. O también la papelería librería donde comprábamos los libros de texto y todas las cartulinas, lápices, gomas y en estas fechas hasta papel de plata y oro, para confeccionar las estrellas de navidad. En esta tienda se colocaba en su escaparate el más variopinto y colorido belén de figuritas de barro. Además de contemplarlo desde la calle aquél belén te decía que si querías podías ponerte uno igual en tu casa, porque allí se vendía todo lo necesario.

En mi casa no poníamos belén, ni tampoco árbol; hacíamos estrellas de cartulina forradas de papel de oro o plata y las colgábamos de la lámpara del comedor, que para algo era una araña de bronce y se dejaba colgar de todo.
El belén sí que lo montaban en casa de mis amigas de la puerta cinco y a veces nos dejaban ayudar en su montaje, pero por si se rompían las figuras, a los niños no nos dejaban cogerlas, osea que los belenes de esa época era para los niños y niñas pero solo de mirones.
Lo del árbol de navidad, eso vendría más tarde, porque en los años cincuenta aún prevalecía el nacimiento como el verdadero motivo navideño. Cuando pasaba la navidad, vendrían los reyes magos; Papá Noel no había sido invitado aún en las fiestas navideñas de mi barrio. En la noche de reyes en cada casa había una costumbre, en unas se dejaban los zapatos de los niños y niñas en el balcón, en otras se dejaba agua y comida para los camellos de los tres reyes; y en otras casas después de hacer todo eso los tres reyes y sus pajes salían de casa y volvían cargados de regalos. Yo solo tenía siete años y mi gran deseo para los reyes era que me trajesen un bebé, un muñeco que estaba expuesto en el escaparate de la tienda de Marujín. Era un bebé de más de cincuenta centímetros y con el color y la robustez de un niñito muy bien alimentado. Desde la calle se podía casi oler sus mofletes sonrosados y su trajecito azul, porque estaba rodeado de colonias, jabones y perfumes. El niño yacía boca arriba sobre un mullidito colchón, con los ojos azules muy abiertos; parecía que cobraría vida en el momento que una joven y tierna madre, niña, lo arrullara entre sus brazos. Pero este niño no se vendía, eso me dijo mi madre cuando le dije que yo quería ese bebe para reyes.
-No se vende, está allí porque lo van a rifar, es una rifa de navidad y el dinero que se saque es para la falla- puede que fuera para los negritos de África, no lo recuerdo bien.
-Púes compra números- le dije a mí madre, y ella obedeció y compró una tira de diez
números y me la dio para que yo los guardara; como me pareció que eran pocos números cogí dinero de mi paga semanal y compré cinco números más para tener más oportunidades de que me tocara el premio.
Todos los días iba a ver a mi precioso bebé; por las noches soñaba que lo tenía entre mis brazos y lo abrazaba, le cambiaba el pañal, lo bañaba, le hacía mimos, era tan feliz con este sueño que estaba segura de que se iba ha hacer realidad.
Mis hermanos me decían
-No te hagas ilusiones, nunca toca, no te tocará a ti. Sí, harán trampa, le tocará a la de la tienda y luego lo venderá ¡Ya lo verás!
Pero yo creía que no, que solo me podía tocar a mí, que era ya mío, porque yo lo quería con más intensidad, con más vehemencia o con más pureza o qué se yo.
Unos días después del seis de enero salió el premio, le tocó a otra niña de mi barrio y como yo estaba tan segura que me iba a tocar a mí, tampoco se lo había pedido en mi carta a los reyes magos, así que me quedé sin bebé, sin niño que arropar, apretujar y querer. A cambio los reyes magos me dejaron una muñeca estilizada, rubia y desgarbada que mi hermano pequeño me cambió por un rifle. Cuando se aburrió de ella me la devolvió sin brazos, sin piernas, sin ojos y por supuesto quería su rifle y su arco con flechas.

No hay comentarios: