Habíamos alquilado la casa de la señora Milagros para pasar el verano, yo con mis tres hijos pequeños, mi madre y mi abuela que ya era muy mayor. Cuando mi marido venía los fines de semana decía que vivíamos como en la prehistoria. Él trabajaba durante la semana en Albacete y venía a la aldea sólo los fines de semana; siempre traía comida o ropa de la capital. Vivir en la aldea no era difícil, yo no echaba nada de menos y mis hijos tampoco, pero mi marido sufría un gran choque cuando venía de la ciudad con sus atascos, sus ruidos, las oficinas, los ordenadores, el traje y la corbata. Él era informático; la era de la informática estaba empezando y no tenía nada que ver con nuestra aldea.
En la aldea teníamos de todo, comíamos de lo que daba el campo. Entre mi madre, mi abuela y su amiga Milagros nos abastecían de pimientos, tomates, cebollas, patatas, huevos, embutidos, jamón, en fin de todo lo que podíamos necesitar. El pan y los dulces, también eran caseros. No había televisión, ni luz eléctrica, ni váter, ni tiendas ni bares. Pero había sol, agua, flores, aire, mariposas, pájaros, lagartos, ranas, patos y niños. Una tarde que estábamos merendando y contando cuentos a los niños, sentados sobre las raíces de un enorme nogal, una culebra nos cayó encima; primero pensamos que era una rama del árbol que se habría roto, pero cuando la vimos moverse en el suelo salimos corriendo. La que más se asustó fue la tía Ana María, mi joven cuñada que estaba unos días con nosotros ayudándome con los niños, casi le cayó en la cabeza. Mis sobrinos iban y venían y durante unas semanas tuve seis niños en la casa, sus padres se iban diciendo: “es que esto es tan sano para ellos;” los mayores se iban y me los dejaban. ¡Menos mal que estaba Ana Mª, mi madre, la abuela y la señora Milagros! Los niños siempre estaban en la calle jugando y explorando los alrededores. Lo único que les teníamos prohibido era que se acercaran a la laguna, porque si se caían dentro no se encontraría ni rastro de ellos, todo lo que había caído en esa laguna, animales, personas, carros, nunca apareció.
Esta aldea se llama El Campillo; se encuentra a ocho kilómetros del pueblo, hay un nacimiento de agua que por allí llaman ojo o laguna, que es tan abundante que se forma un río bastante caudaloso. En el remanso que forma el río nada más caer desde la laguna, las mujeres han colocado unas losas de piedra grandes y rugosas, en ellas, a base de restregones y jabón hecho con sus propias manos, lavan las ropas de toda su familia, y las de otras familias por un trozo de tocino o un saco de patatas. Los patos nadan en la pequeña playa de arena. Los hombres han levantado un puente de madera, que es una trilla boca abajo, para pasar por encima del riachuelo sin enturbiar sus aguas limpias y cristalinas. Por el puente pasan los carros, el ganado con el pastor y los perros, las mujeres con sus canastas de ropa sucia o limpia camino de las jaras y los tomillares donde extenderán sus blancuras. La aldea siempre huele a limpio. Cuando se adentra uno en ella bajando por el camino del pueblo, la tierra, que era roja, se hace blanca y arenosa, el sonido llega con eco. Por su olor, color y sonido parece que has entrado en un mundo diferente. Hay caléndulas y margaritas de colores en cada ribazo y en las puertas de las casas, hay rosas, claveles, dalias. Los chopos son altos y frondosos; y en la huerta se cultivan todo tipo de hortalizas. Siempre hay niños jugando debajo de algún carro o en la orilla del río. A la hora de la siesta el silencio sólo se rompe por el cacareo de las gallinas, el rebuznar de los burros o el ladrido de los perros. Se oye el agua chocar contra las piedras en su primera caída desde la laguna. El río pasa por detrás de una roca, que sirvió para hacer una casa, de la que parece que mane el agua. Cuando yo iba de pequeña con mi abuela dormía en esa casa, el sonido cantarín del agua me arrullaba o me espabilaba, era impredecible.
Los primos se habían marchado, y la tía Ana María también; la abuela se llevó a mis niños a coger manzanas y peras y yo me quedé un rato sola con el lápiz y la hoja en blanco, iba a escribir todo lo que me sugería aquel rincón del mundo. El sonido hueco, el correr del agua, el aire embrujado lleno de fragancias. En ese momento decidí ser escritora, para poder contar y dejar plasmado en el papel tanta belleza.
Mientras escribía me transporté en el tiempo, a un momento donde sólo había eternidad, creía que me quedaría allí para siempre y que nunca pasarían los días ni las horas, creí que me fundiría con aquel paraíso.
Aún hoy es el lugar más mágico que he conocido. Suelo refugiarme en su recuerdo cuando necesito un momento de paz y vuelvo a franquear el paso, un paso muy corto que nos separa de la eternidad.
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2 comentarios:
Porque es verano, porque este relato lo presenté a un concurso y no lo han valorado como merece, por todo ello lo cuelgo en mi blog. Voy a ir colgando relatos y durante el verano procuraré que sean de historias veraniegas.
y porque no hacía tanta calor... y porque todos éramos más jóvenes
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