La importancia de las palabras
Encontró aquella fotografía en el cajón de la mesilla de noche, un cajón de sastre donde si se perdía algo de lo que había dentro nunca lo echaría de menos, pero aquella fotografía llevaba allí más de treinta años, puede que hubiese cambiado de cajón o de mesilla, pero siempre estaba fuera de su lugar, fuera del álbum de las fotografías familiares. En ella se podía contemplar a una pareja joven, ella tenía unos dieciséis años y él unos veinte, ella echaba su grácil brazo derecho sobre los hombros de él, él, estaba apoyado en la barandilla de hierro con filigranas de la escalera, de no estar en esa posición ella no abría alcanzado sus hombros, él le cogía la mano izquierda entre su fuerte mano derecha y con la izquierda abrazaba su talle. El tenía una buena figura atlética y unos ojos grandes y bondadosos, se sonreía y se veía un rostro lleno de felicidad. Ella llevaba una melena corta con un pelo enhiesto, que conjugaba bien con sus ojos achinados, llevaba camisa blanca y un pichi negro, pero lo mas bonito de su figura menuda y vivaracha, era su sonrisa, que desde los ojos iluminaba toda la cara.
Ella recordó cuando se hizo esa fotografía, estaba recién estrenada la primavera, y también su primer novio y su primer beso. Mientras se besaron se paró el tiempo y el espacio perdió su poder de atracción habitual por lo que se sintió suspendida en el aire. El cielo se lleno de estrellas, aunque era de día y el perfume de los jazmines y el azahar llegó con fuerza hasta su cerebro. Era tanto el ensimismamiento de los dos, que no existía nada ni nadie a su alrededor, nada que no fuera su espacio y su amor, nadie que no fuera ellos dos, por eso no se dieron cuenta que habían pasado algunas personas cerca de ellos.
Ella dormía o intentaba dormir en su cama de color azul, como el mar, como el cielo, como la libertad, no podía olvidar el beso, ni el abrazo tan tierno de aquella mañana. En el silencio de la noche, al otro lado del tabique de su habitación, las voces de sus padres sonaba con fuerza, ella se arrodilló en la cama y acercó el oído a la pared, solo quería saber si hablaban o discutían, para poder dormir más tranquila, entonces lo oyó:
“Soy un hombre desgraciado, he tenido muy mala suerte con mis hijas, esta mañana he pillado a la pequeña besándose con su novio en la escalera como una vulgar furcia, tengo dos furcias por hijas”
Ella no quiso oír más, se tapo los oídos e intentó dormir, pero no podía, no podía dejar de oír las palabras de su padre resonando en sus oídos. Solo la tranquilizaba ver el color azul de su cama y de las paredes de su habitación. El color azul es el color del mar del cielo, y de la libertad, menos mal que existía y algún día iría en su busca, ahora no podía aún era pequeña.
Ella recordó cuando se hizo esa fotografía, estaba recién estrenada la primavera, y también su primer novio y su primer beso. Mientras se besaron se paró el tiempo y el espacio perdió su poder de atracción habitual por lo que se sintió suspendida en el aire. El cielo se lleno de estrellas, aunque era de día y el perfume de los jazmines y el azahar llegó con fuerza hasta su cerebro. Era tanto el ensimismamiento de los dos, que no existía nada ni nadie a su alrededor, nada que no fuera su espacio y su amor, nadie que no fuera ellos dos, por eso no se dieron cuenta que habían pasado algunas personas cerca de ellos.
Ella dormía o intentaba dormir en su cama de color azul, como el mar, como el cielo, como la libertad, no podía olvidar el beso, ni el abrazo tan tierno de aquella mañana. En el silencio de la noche, al otro lado del tabique de su habitación, las voces de sus padres sonaba con fuerza, ella se arrodilló en la cama y acercó el oído a la pared, solo quería saber si hablaban o discutían, para poder dormir más tranquila, entonces lo oyó:
“Soy un hombre desgraciado, he tenido muy mala suerte con mis hijas, esta mañana he pillado a la pequeña besándose con su novio en la escalera como una vulgar furcia, tengo dos furcias por hijas”
Ella no quiso oír más, se tapo los oídos e intentó dormir, pero no podía, no podía dejar de oír las palabras de su padre resonando en sus oídos. Solo la tranquilizaba ver el color azul de su cama y de las paredes de su habitación. El color azul es el color del mar del cielo, y de la libertad, menos mal que existía y algún día iría en su busca, ahora no podía aún era pequeña.

3 comentarios:
La distancia entre dos generaciones es a veces insalvable. La foto, es la más inocente que recuerdo haber visto, lo sé porque yo estoy en ella. Te invito a publicarla.
Yo también conozco esa foto. ¿Recuerdas aquella tarde en la cocina? Tuve el placer de que compartierais conmigo vuestros álbumes de fotos. Recuerdo haber visto esa misma foto de la que hablas, así como esa sonrisa que iluminaba tu cara. ¿Sabías que todavía sigo viendo esa misma sonrisa cada vez que acudimos todos a vuestra casa en tropel, cuando nos cuentas las historias tan “manchegas” del pueblo, y cuando te sientas junto a Manolo y nos observáis mientras disfrutamos de algún juego improvisado, en el cual algún cuñado que otro me ha llegado a llamar “alemanacha”, eso sí, con mucho cariño.
Nos vemos pronto…
Ya conocía el texto y aún así me sigue llegando, tal vez por conocer tanto a los protagonistas. Mi padre también me dijo: "sé que ahora no puedes, pero algún día lo entenderás" y creo que sí, que hace casi nueve años que lo entendí.
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